La ciudad transmite sensaciones variables. Desde la euforia que provee la vision de las avenidas en ocasiones en las que no hay tráfico y parece que la vista llega a los confines del mundo a la angustia que producen en cierto momento la multitud de ángulos y rincones de los edificios, la distancia interminable de las calles y avenidas.
Ayer experimenté ambas cuando caminaba placenteramente de camino a una clase en la calle 10 de Manhattan pero cometiendo el error de confundir la dirección en el lado Oeste de la calle con la homónima del lado Este. Este "pequeño" error se traduce a una distancia de 3 kilometros entre ambas direcciones; es decir: cruzar completamente la isla en horizontal. Una vez que me di cuenta me puse a correr con la esperanza de llegar a hacer esa distancia en 15 minutos. Los números parecían avanzar lentamente como si se repitiesen, como en esos sueños en los que corres pero no avanzas. Cuando atravesaba las avenidas y comprobaba que no pasaban coches, el sol -brillando en un cielo amplio y despejado como de playa- me daba energía para seguir corriendo. Todo el tiempo que pasé acicalandome no sirvió de nada ya que cuando finalmente llegué -a la hora- al edificio en el West Village parecía que había corrido la Marathon de Nueva York. Afortunadamente me dio tiempo a recomponerme en el ascensor. Ya en el apartamento pedí un vaso de agua achacando los sofocos al calor y mientras me lo preparaba disfruté de las vistas increíbles que el salón tenía del Hudson.
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Actualidad y evasión
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