La ciudad crece a medida que escribimos sobre ella. Crece en sus cuatro dimensiones, las espaciales y la del tiempo, conectándose con otras temporalidades que coexisten en ella. Crece en la realidad y crece en la ficción, y más allá de todo límite entre la una y la otra. Crece enroscada en sí misma como mala hierba que se acomoda al terreno, a las palabras que son a veces guijarros, a veces sustrato.
La ciudad crece hacia el otro, que nos mira desde una indiscreta ventana y a pesar de él. Crece salvaje y tóxica, haciéndose vulgar y a la vez misteriosa, como si una palabra más o menos que se dijera sobre ella tuviera la capacidad de decidir alguna cosa sobre todos nosotros.



