Una tarde lluviosa, desagradable por el cielo inestable y oscuro, en prematuro anochecer, hago los sucesivos trasbordos que me dirigen a Grand Army Plaza, en la esquina noroeste de Prospect Park. Me ha gustado ver al tren aproximarse al anden con las luces y el número de tren en rojo luminoso, chorreando el agua a su llegada sobre la carcasa plateada del vagón. Me dirijo a impartir una clase de conversación en castellano con una nueva alumna. Una newyorker adolescente, bien educada y sorprendentemente sofisticada para su edad. Me comenta que ha pasado un tiempo en España y demuestra bastante soltura en su forma de hablar, dejandome de piedra cuando me comenta que su autor favorito es John Steinbeck. En clase resulta encantadora. Su madre es la que me recibe y me despide con la compostura típicamente neoyorkina: amplia conversación educada y cordial pero mantenida en un tono frío, sin demasiadas concesiones hacia algún tipo de sentimiento. Tengo mis dudas sobre si esta frialdad, que he observado en distintas personas de clase media alta, llega a romperse en algún momento, si no es un carácter propio de los nativos de toda gran ciudad que también se observa en los parisinos o en los londinenses. En realidad no me resulta desagradable, al tratarse de un proceder habitual no parece nada personal sino más bien una forma de protección hacia un medio ambiente duro expuesto a intrusiones de todo tipo.
He disfrutado sobre todo del paseo por los aledaños del parque, a solas bajo un paraguas, respirando el oxígeno fresco de los arboles formando parte del paisaje como un caminante más que se dirige a su trabajo.
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Actualidad y evasión
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Very good!
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