Hablamos con alguien que lleva viviendo en Nueva York desde los años Setenta, que está habituado al funcionamiento de la ciudad como si fuera un órgano más de su cuerpo. Nos habla de cómo era todo cuando él llegó y nos cuenta lo que más o menos ya suponíamos, que todo ha ido a peor y que se sigue cobrando lo mismo ahora que entonces aunque los precios se hayan multiplicado por seis. Se confiesa un adicto al trabajo. El trabajo en Estados Unidos no es sólo lo que te permite ganarte la vida, es la vida en sí, un tempo vital seductor a la par que destructor al que una vez habituado es difícil de cambiar. No puedo evitar ver algo positivo en esta extremada profesionalización del tiempo ya que los intercambios, las conversaciones, las palabras no son solo ocio perdido en el subconsciente de las relaciones sino la materia que mueve las relaciones futuras con el mundo. Una aparentemente ociosa conversación puede determinar el rumbo de toda una vida, si existe el impulso suficiente para mover el barco.
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