Mensajes hablados y escritos que dicen: “Si observa una actividad sospechosa comuníqueselo a un agente de policía” se repiten constantemente en los trenes, lo que me recuerda a la propaganda anti espías de la segunda guerra mundial y sumen a los viajeros en un estado de alerta inconsciente. Los anuncios de recompensa económica para quien de pistas para la detención de algún sospechoso son también habituales.
Nueva York es una ciudad que premia la denuncia pero también el secreto. En un mundo colapsado de publicidad y multitudes direccionadas cobra fuerza lo exclusivo, el secreto, los restaurantes con aire de clandestinidad, difíciles de encontrar o que directamente dan pistas erróneas sobre lo que tiene lugar en su interior. Desde hace ya tiempo los clubs culinarios en casas privadas, habituales en Cuba, Buenos Aires o Hong Kong, se multiplican por grandes ciudades como Barcelona, Londres o Nueva York. Para las empresas pequeñas funciona como un filtro que selecciona gente conectada e “in” y un modo de mantener unos niveles de calidad alternativo a la subida de precios. Más allá del “elemento tendencia”, estos lugares son sintomáticos de los nuevos modos de organización que surgen en un mundo donde las grandes empresas se han apoderado del centro de las ciudades imponiendo su lógica mainstream empobreciendo la experiencia urbana.
Actualidad y evasión
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