Actualidad y evasión

viernes, 29 de octubre de 2010

Espejos negros

Todo el mundo dice que es una de las ciudades más sucias que han visto, especialmente en comparación con Barcelona o Madrid. A parte del hecho que la recogida de la basura se realice en las aceras de las calles no encuentro Nueva York demasiado sucia. En todo caso es una suciedad limpia, tan saturada de gérmenes que luce con una pulida oscuridad, una pátina que la potente luz solar embellece; una luz cegadora, como de foco cinematográfico, que incluso los días más nubosos resulta molesta para la vista.

Mi cabeza también está en ocasiones saturada de pensamientos, tantos que parecen forman un plano, un espejo negro que refleja una realidad en la que se pierde el color en favor de la perspectiva. Por eso intento muchas veces, sin éxito he de reconocer, vaciar mi mente, no pensar en nada. Sólo lo consigo después de haber realizado un esfuerzo mental prolongado como dar una clase (quizá por eso me guste mi trabajo). Es en ese momento en el que soy más consciente de lo que sucede en mi entorno, las personas dejan de ser bultos que se mueven y parecen estar conectadas entre sí, unidas por lo irrepetible de algún encuentro.

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miércoles, 27 de octubre de 2010

Desde el desierto de signos

He llevado tiempo pensando que la vida en una gran urbe te transforma, que altera tus modos de comportarte y tu modo de posicionarte en el mundo. Tal vez sea la edad pero creo que tal idea era fruto de una apreciación romántica de la vida, de un impulso bohemio si se quiere. Obviamente el acceso a la información es mayor y hay más estímulos que pueden llegar a  influir en tu carácter y estilo pero las tendencias personales son como buques pesados que navegan lentamente y cuyo rumbo lleva tiempo establecer. Todo el mundo tiene momentos de cambio importante que tienen lugar de forma más o menos periódica e intervalos relativamente largos. Se deben principalmente a importantes cambios fisiológicos (pubertad, embarazo, desarrollo y decaimiento físico) que van sincronizados con importantes elementos sociales (escuela, universidad, mundo laboral). Hay otros sin embargo marcados por acontecimientos inesperados, afortunados y desafortunados a los que todos estamos sujetos.

Como desde una meseta entre cambio y cambio -y quien sabe, algún acontecimiento por venir- escribo este diario para trazar un mapa del camino, una localización de los oasis del desierto que me parece a mí el mundo que nos ha tocado vivir. Nueva York es la alegoría de ese mundo. Un desierto plagado de signos que son infinitos granos de arena que a veces cristalizan en hermosas rosas de piedra y otras veces te azotan la cara obligándote a buscar refugio en medio de la tormenta. 

martes, 26 de octubre de 2010

Mantener la distancia


La transición del día a la noche es como la de lo descriptivo a lo literario. Algo se añade al lenguaje, o en realidad se sustrae, para velar el significado, como instalando una pantalla donde se proyectan las formas, sugeridas y evocadas por sus sombras. La lectura funcional aporta información al lector; en la lectura poética es el lector el que aporta significado a lo que ve, sin relaciones evidentes entre sí, pero cuya interacción se activa bajo la decisión de producir experiencia.

Para crear esa pantalla hay que tomar cierta distancia con el objeto ya que si se esta demasiado cerca, demasiado “en escena” se corre el riesgo de perder la perspectiva literaria para simplemente seguir las instrucciones de los acontecimientos. El perfil literario suministra un humo a la escena que - sin impedir entender lo que sucede, o más bien al contrario- proporciona un conocimiento extraordinario donde las conexiones, las referencias, se multiplican hasta llegar a orígenes desconocidos que hacen que un lugar común parezca dotado de un exotismo insólito.

Cuando se experimenta cualquier lugar o acción de manera rutinaria lógicamente se torna difícil o se pierde la posibilidad de una lectura creativa de los acontecimientos, quizá por perderse también la distancia con uno mismo. Bajo la rutina es posible que ese uno mismo, incapaz de “oscurecer” lo que le rodea encontrándolo sugerente –sujeto a ficción- termina oscureciéndose a sí mismo, tornándose opaco, inaccesible, ilegible. Pero nada hay ahí de sugerente. El “self” no es una entidad estable, es un organismo vivo que se alimenta de sensaciones que no disipen las tendencias individuales sino que las potencien y las recreen de un modo creativo, aportando algo al mundo que le rodea, dejando signos y rastros de una experiencia intensa e irrepetible.





lunes, 25 de octubre de 2010

West by East

La ciudad transmite sensaciones variables. Desde la euforia que provee la vision de las avenidas en ocasiones en las que no hay tráfico y parece que la vista llega a los confines del mundo a la angustia que producen en cierto momento la multitud de ángulos y rincones de los edificios, la distancia interminable de las calles y avenidas.

Ayer experimenté ambas cuando caminaba placenteramente de camino a una clase en la calle 10 de Manhattan pero cometiendo el error de confundir la dirección en el lado Oeste de la calle con la homónima del lado Este. Este "pequeño" error se traduce a una distancia de 3 kilometros entre ambas direcciones; es decir: cruzar completamente la isla en horizontal. Una vez que me di cuenta me puse a correr con la esperanza de llegar a hacer esa distancia en 15 minutos. Los números parecían avanzar lentamente como si se repitiesen, como en esos sueños en los que corres pero no avanzas. Cuando atravesaba las avenidas y comprobaba que no pasaban coches, el sol -brillando en un cielo amplio y despejado como de playa- me daba energía para seguir corriendo. Todo el tiempo que pasé acicalandome no sirvió de nada ya que cuando finalmente llegué -a la hora- al edificio en el West Village parecía que había corrido la Marathon de Nueva York. Afortunadamente me dio tiempo a recomponerme en el ascensor. Ya en el apartamento pedí un vaso de agua achacando los sofocos al calor y mientras me lo preparaba disfruté de las vistas increíbles que el salón tenía del Hudson.

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sábado, 23 de octubre de 2010

Rico pavo, rico pollo.

Veo desde la ventana como desde un camión con grua unos operarios instalan un aparejo de iluminación navideña en la calle. Y es que estamos tan sólo a dos meses de Nochebuena, aunque el sol brille como nunca y la previsión dice que hoy llegaremos a los 20 grados Celsius, pero parece ser el aviso de la campaña festiva que comienza en Halloween, seguida por Acción de Gracias y que culmina en las Navidades.

Son las ocho de la mañana y han tardado cinco minutos de reloj en instalar el set y comprobar que funciona. El simple ornamento luminoso que han instalado apenas podrá competir con el rabioso panel de leds que se proyecta -dia y noche- en el escaparate del restaurante de enfrente, con el burdo anagrama: RICO POLLO y que si se mira fijamente durante un tiempo creo que podría  llegar a causar daños en la retina. Eso sí, llevamos un mes sometidos a su flicker infernal y aun no hemos sentido el menor deseo de comprobar que tal afirmación sea cierta, sobre todo despues de asomarnos al mostrador y contemplar toda la serie de cadaveres de ave con color de piel cancerígeno que parecen llevar girando sobre su propio eje desde el día que abrieron el garito.

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jueves, 21 de octubre de 2010

Un mes

Ha pasado un mes desde que llegamos aquí. Una unidad de medida bastante insignificante en realidad. Ultimamente los hitos se marcan por regularidad de emision más que por tiempo: 10.000 visitas a la página web, 100 programas en antena... Si lo piensas: ¿qué cosas suceden en el plazo de un mes? El trimestre es una forma de concrección temporal mucho más estandar ya que propone un plazo ni muy corto ni muy largo como para que algo suceda. El mes suele ser una medida muy BOE, el tiempo para resolver un trámite.Cuando te instalas en un nuevo país los trámites son múltiples y en mayor o menor medida estamos resolviéndolos. Ha pasado un mes, o mejor: 12 entradas de blog, y muchas otras cosas que hacen que parezca toda una eternidad o, en ocasiones, un abrir y cerrar de ojos.

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martes, 19 de octubre de 2010

Guggenheim fetish.

Cruzo Lexington y Park Avenue observando los preciosos ladrillos siena ennnegrecidos y pienso en quién vivirá allí, en los afortunados que en su día adquirieron un piso en una de las zonas más caras de la ciudad. Nunca, por pereza, me había decidido a hacer el largo trayecto en metro hasta el Upper East Side para ir al Guggenheim Museum y si a final lo he visitado es por casualidad, porque tenía algo que hacer por esa zona y al dar la vuelta a la esquina en Central Park me he topado con él irremediablemente.

Reconozco que me ha fascinado, sobre todo por ser un museo cuyo edificio eclipsa por completo su contenido. Bien es cierto que la exposición temporal no merecía demasiado la pena pero el solo recorrido del edificio en espiral, la exploración de sus juntas, los acabados redondeados, la colocación de las escaleras, de los aseos, de las galerías anexas, ¡la relajante ausencia de metal!, en fin, todo lo que hace tan grande a Frank Lloyd Wright, se manifiesta en el museo como algo que no necesita ser calificado como arte pues, sin duda, es algo más. La balconada en espiral hacia el hall es su punto fuerte; me hace pensar en Hitchcock, en si alguien se habrá desmayado alguna vez por el vértigo, en si ha habido alguien que se haya dejado caer para terminar su vida en un lugar tan emblemático.

En una de las salas se expone la instalación contemporánea de Ryan Gander en la que se recrea la biblioteca de Wright y los restos de la pelea que tuvieron en ella Piet Mondrian y Theo Van Doesburg cuando éste reclamaba la importancia de la diagonal en la composición. La confrontación ahora resulta casi cómica, al igual que la mayor parte del arte formalista moderno, un fetiche que, como la pelea, se reproduce artificialmente en los confines de un museo fetiche.

lunes, 18 de octubre de 2010

Fósiles de playa

Salgo a correr en busca de lo que Google Maps me dice que es una zona de canchas de tenis. Sólo tengo que subir Cypress Avenue hasta la autovía que conecta Brooklyn y Queens con Long Island. El recorrido por Cypress es bastante aburrido, tiene mucho tráfico por ser un acceso a la autovía. Es temprano aún y apenas hay nadie por la calle, aunque dudo que pasee mucha gente por ahí. A la derecha, cerca ya de la autovía me encuentro con un cementerio judío inmenso, de lápidas rotundas y sin crucifijo, con la sóla inscripción del apellido: Katz, Fisher, Bloom...

Ya por la noche, sin buscarlas, encontramos las pistas de tenis -preciosas, recién pintadas- en una localización completamente diferente, de camino a un concierto de pop. Allí  cuatro chicos jovencísimos salidos del Williamsburg judío bailan sobre el escenario, vivitos y coleando, con ganas de comerse el mundo.

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viernes, 15 de octubre de 2010

Grand Army Plaza Solitude

Una tarde lluviosa, desagradable por el cielo inestable y oscuro, en prematuro anochecer, hago los sucesivos trasbordos que me dirigen a Grand Army Plaza, en la esquina noroeste de Prospect Park. Me ha gustado ver al tren aproximarse al anden con las luces y el número de tren en rojo luminoso, chorreando el agua a su llegada sobre la carcasa plateada del vagón. Me dirijo a impartir una clase de conversación en castellano con una nueva alumna. Una newyorker adolescente, bien educada y sorprendentemente sofisticada para su edad. Me comenta que ha pasado un tiempo en España y demuestra bastante soltura en su forma de hablar, dejandome de piedra cuando me comenta que su autor favorito es John Steinbeck. En clase resulta encantadora. Su madre es la que me recibe y me despide con la compostura típicamente neoyorkina: amplia conversación educada y cordial pero mantenida en un tono frío, sin demasiadas concesiones hacia algún tipo de sentimiento. Tengo mis dudas sobre si esta frialdad, que he observado en distintas personas de clase media alta, llega a romperse en algún momento, si no es un carácter propio de los nativos de toda gran ciudad que también se observa en los parisinos o en los londinenses. En realidad no me resulta desagradable, al tratarse de un proceder habitual no parece nada personal sino más bien una forma de protección hacia un medio ambiente duro expuesto a intrusiones de todo tipo.

He disfrutado sobre todo del paseo por los aledaños del parque, a solas bajo un paraguas, respirando el oxígeno fresco de los arboles formando parte del paisaje como un caminante más que se dirige a su trabajo.

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miércoles, 13 de octubre de 2010

Palabra impresa

Escribo sentado en la moqueta de un Barnes&Noble, e una de las multiples librerias de la compañía. Rodeado de estanterías repletas de libros, de información en bruto, almacenada en toscos y pesados sistemas de almacenaje que seguimos utilizando con avidez y placer a pesar del libro electrónico e Internet, tecnologías aun no adaptadas del todo a la neurofisiología de nuestros sistemas de aprendizaje. Es cuestión de tiempo, de que todo cambie radicalmente o salte por los aires. De que un mundo nuevo, cuya inminencia da escalofríos, termine con milenios del formato físico de transmisión de la palabra.

Se acerca un empleado para asegurarse de que no me he dormido (por lo visto es algo que no permiten, lo cual indica que mucha gente viene aquí para ello). Le respondo que como puede comprobar estoy despierto, a menos de que esté hablando en sueños y él aparezca en ellos.

Hay tantos libros en el mundo que pensar que sigan imprimiendo copias de tantos ejemplares me asombra. Es cierto que no siempre se encuentra lo que buscas en libros usados, pero es raro que no lleguen a tus manos por un precio irrisorio libros que hace tiempo que habías querido leer. Son estos los que yo adquiero, no sólo que por su bajo precio (si necesito alguno en concreto lo compro nuevo) sino por permitir que sean ellos los que establezcan el leit-motiv de lo que sucede alrededor, de que contaminen tus pensamientos transformando por consiguiente tu apreciación de los hechos. Lo más reciente que ha llegado a mi mesita de noche es la biografía de Paul Bowles. Me ha impresionado un episodio de su infancia en el que entró literalmente en bucle, entrando por una puerta de una tienda de refrescos y saliendo por la otra repetidas veces y sin poder hacer nada al respecto. Te hace entender la fría y casi alienígena personalidad de los protagonistas de sus historias.

martes, 12 de octubre de 2010

Diario esencial

Reflexiono acerca de los pensamientos más íntimos. Aquellos que nunca llegan a ser formalizados, por escrito o a viva voz o ni siquiera formulados a uno mismo. Que se quedan en un monologo interior que es casi el ronroneo del propio cerebro en su permanente reajuste. Siempre tengo la impresión de que estos pensamientos, que son sensaciones realmente son las que constituyen el diario esencial, el auntentico registro de nuestra existencia. Ciertamente eso no les otorga mayor interés; es a menudo la formulación, la escritura en este caso la que consigue hacernos escapar del bucle -en ocasiones insoportable- del ser.

Nada de lo que escribo llega a ser yo. Nunca releo entradas del diario precisamente porque se que no me van a aportar un reflejo veraz de lo que soy y sobre todo, no me van a dar información util sobre lo que puedo llegar a ser. Todo se produce por el contrario aquí mismo, el el proceso de escritura, en el propio acto de materializar. Tal esfuerzo es el que activa la dinámica de extracción de experiencia que constituye la propia vida. No soy hombre de palabras - soy nefasto hablando en público, el directo me da pavor- sino más bien de gestos, pero la escritura me resulta cómoda; a través de ella creo que soy capaz de llegar a hacer manifiesta mi mecánica de extracción vital del significado. La música o la pintura también me permiten plasmar esta aproximación tecnológica a la experiencia. Quizá sea porque sólo me fio de la sensaciones. Aun así, admiro a los comunicadores verbales. Cuando intento hablar en público parece que solo escucho mis palabras hasta tal punto que me resultan absolutamente incoherentes y ni yo mismo se lo que quiero decir. Pero la sensación, la idea -visión- está ahí presente como substancia que necesita forma, expresando una tendencia que hace evolucionar nuestras ideas previas transformandolas en algo nuevo que -con suerte- nos ayuda a mejorar como personas.

lunes, 11 de octubre de 2010

THE A TRAIN

El A Train es la línea de metro express que cruza Brooklyn en diagonal hacia Downtown y Manhattan y a la cual Duke Ellington le dedico uno de sus más ilustres temas: "Take the A train". Ellington tenía la increible cualidad para llegar al corazón de la tradición y componer melodías que parecen extraidas de tiempos lejanos, de los orígenes de la música. Sólo hace falta escuchar "Caravan" para darse cuenta de ello y cómo parecía sonar ayer en un vagón del A cuando nos dirigíamos a Park Slope desde Broadway Junction, zonas de población principalmente afroamericana. Había una seriedad extrema en los rostros de ciertos viajeros, marcados por arrugas que parecían tatuajes y hacia los cuales sentíamos una distancia no solo cultural sino también epocal. Me hizo pensar en cómo la población de origen africana fue adaptada a fuego al modelo de vida americano de origen europeo y me pareció observar en sus expresiones un atisbo de resentimiento brutal. Fue tan sólo una sensación momentánea que fue desapareciendo a medida en que otros rostros fueron renovando la mulitud del vagón, pero esas expresiones siguen presentes en mi cabeza como fantasmas negros, provinientes de otro mundo.

sábado, 9 de octubre de 2010

Nuevo amanecer (EC6-9 Oct)

7 am. again. Viene siendo mi momento favorito de día. Ayer hablaba con Silvi D. Chica -en España eran las 2 am- y me decía que esa hora era en la que pensaba mejor. Mi hora más serena es la del amanecer, cuando nada ha comenzado aun o empieza a hacerlo. Para mí hay algo místico en este momento en el que se escucha el rugido de los primeros autobuses urbanos y el sol cruza la ciudad en horizontal dandole un resplandor mágico al ladrillo de los edificios, resaltando la forma cilindrica de los depositos de agua de las azoteas que parecen alambiques duchampianos. Pura alquimia.

Me siento reposado, tranquilo mientras contemplo desde la ventana a los viandantes que, a ritmo creciente, empiezan a poblar las calles siguiendo una rutina matemática, tentado a comprobar si al dia siguiente pasarán por la misma farola a la misma hora exacta; pero eso es casi demasiado Auster. Auster está bien, pero a veces es too much - if you know what I mean-.Pero lo mejor de este momento del día es pensar en que todo está aún por hacer. Mi energía está al cien por cien y quedan unas cuantas horas hasta que se agote de nuevo. Existe una incertidumbre absoluta sobre lo que nos deparará el día. Es excitante. Por supuesto siempre está bien contar con un plan, pero el mero hecho de seguir una ruta de metro u otra ya te garantiza distintas posibilidades, distintos "encuentros".

Está bien encontrar momentos de serenidad ya que la ciudad impone ritmos demasiado vertiginosos en los que hay muchas cosas que pasan desapercibidas. Eso es algo que los neoyorkinos saben hacer. Cuando no están trabajando se nota; es como si estuvieran en un plano diferente, con su atención alerta ante lo inusitado. Tales momentos son los mejores para establecer una comunicación auténtica.

Las aceras siguen aún relativamente tranquilas pero la luz se extiende ya por toda la avenida. Es la luz de Hopper, y casi sus mismos edificios.

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jueves, 7 de octubre de 2010

Departamento de las Aguilas (EC5- 7 Oct)

Siete de la mañana. La ciudad ya está encendida. Aunque en realidad la actividad no cese y siempre haya algo abierto en la ciudad que nunca duerme o como dicen aquí: 247 (24 horas los siete días de la semana). Tópicos a parte es cierto que el ritmo aquí es mayor y la actividad empieza antes y termina después. Las horas que se pasan en el transporte urbano hay que sacarlas de algún sitio. Ayer mismo conducimos temprano al norte de Long Island para una entrevista de trabajo. Fue complicado encontrar la ruta hasta alli pero regresamos sin problemas. La estructura cuadriculada de la ciudad hace que, por muy grande que sea, resulte sencillo topar con una calle o avenida familiar y simplemente seguirla hasta llegar al cruce que te interesa. Los cruces son las coordenadas esenciales que te mantienen orientado.

La entrevista resultó bien, creo. Se abren perspectivas económicas y eso anima. Por la tarde fuimos a Midtown a la galería Marian Goodman para ver una exposición de Marcel Broodthaers que marca el aniversario de la galería puesto que fue con este artista con el que abrió sus puertas en 1977. Se trataba de la Section Cinéma del Departamento de las Aguilas, obra que también pudo verse en Barcelona y Santiago de Compostela en el 97. Casi tan curioso como la exposición en sí era la estructura de la galería en la que a lo largo de sus pasillos se insertaban los despachos de los galeristas entre obra y obra y parecían formar parte de la exposición. Me resultó dificil no observarles detenidamente para ver como trabajaban, bueno, o actualizaban sus facebook. Pienso en las cifras que manejan y todo el dinero que hacen con obras que como la de Broodthaers son casi una performance y lo que vemos son meros restos, como las conchas de sus moules. Departamento de Aguilas, vamos.

domingo, 3 de octubre de 2010

Las calles de Jersey City (EC4- 2 Oct)

Jersey City es como las zonas prototipicas de la America contemporánea. Calles cuidadas con aceras amplias y luces que recuerdan a un decorado. Conforman una estampa que parece plastificada, de algún modo impermeable a la vista, demasiado limpia, carente de la pátina que Tanizaki alababa en El elogio de la sombra y que segun él otorga paz a la mirada. Pese a estar a un paso de Manhattan se trata de un entorno radicalmente diferente. Los edificios y calles de la city sí tienen esa pátina que no es fruto del tiempo, como en Europa donde la piedra ancestral cobra diversos tonos de envececimiento, sino en mayor parte de la contaminación, pero que de todos modos tranquiliza la mirada y nos involucra más en la escena.

Pero hay algo fascinante en Jersey y son los edicifios industriales construidos en torno al area financiera y utilizados como estudios por artistas que encuentran espacios mucho mas asequibles en esta zona que por supuesto en Manhattan. Estuvimos visitando algunos en unas jornadas de Open Studios y vimos a artistas que recibian visitantes mostrando sus obras con cierto recelo, con la inercia de quien sabe que no va a vender por estar acostumbrado a ello pero con la leve ilusión de que el milagro pueda producirse y que alguien les diga: "De acuerdo, ¿cuánto por todo esto?" Todos ellos eran artistas de la vieja escuela, pintores, dibujantes, pequeños artesanos que vivien un estilo de vida precioso pero lamenteblemente obsoleto. Nada que ver con la sofisticada Manhattan plagada de artistas cinicos y ya vuelta de todo, pero también de profesionales del arte que han encontrado el carril que les mantiene en el rumbo de la escena o que directamente han crecido en ella.