Todo el mundo dice que es una de las ciudades más sucias que han visto, especialmente en comparación con Barcelona o Madrid. A parte del hecho que la recogida de la basura se realice en las aceras de las calles no encuentro Nueva York demasiado sucia. En todo caso es una suciedad limpia, tan saturada de gérmenes que luce con una pulida oscuridad, una pátina que la potente luz solar embellece; una luz cegadora, como de foco cinematográfico, que incluso los días más nubosos resulta molesta para la vista.
Mi cabeza también está en ocasiones saturada de pensamientos, tantos que parecen forman un plano, un espejo negro que refleja una realidad en la que se pierde el color en favor de la perspectiva. Por eso intento muchas veces, sin éxito he de reconocer, vaciar mi mente, no pensar en nada. Sólo lo consigo después de haber realizado un esfuerzo mental prolongado como dar una clase (quizá por eso me guste mi trabajo). Es en ese momento en el que soy más consciente de lo que sucede en mi entorno, las personas dejan de ser bultos que se mueven y parecen estar conectadas entre sí, unidas por lo irrepetible de algún encuentro.
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