No sabría decir con certeza
cuando Nueva York dejó de ser una ciudad para convertirse en un aglomerado
híper-condensado de civilización, un lugar sometido al movimiento perpetuo y al
terror a la interrupción, bajo la amenaza de ser expulsado del sueño dinámico
del futuro. El huracán Sandy dejó a una mitad en la oscuridad durante una
semana y algunos volvieron momentáneamente al pasado, para descubrir que éste
ya no estaba allí. Todo ha cambiado y, hoy por hoy, sin electricidad sólo
parece existir un limbo, una especie de purgatorio que precede a la expulsión
definitiva del sueño.
La mitad oscura de Manhattan
fue llamada The Blackout Zone, y ya
ha sido envuelta por el devenir como una memoria a la que no se puede acceder,
un desvanecimiento temporal que sólo ha dejado un levísimo trauma en los
afectados, y en el que parece mejor no indagar.
En el albor del invierno se
ven pasar a personas que, si estuviéramos en otra época, cautivarían la ciudad,
la harían suya con extravagancia y cultura. Hoy parecen lunáticos, figuras que
no han sabido adaptarse a los tiempos o lo han hecho de un modo animal, como
alimañas que persisten bajo capas y capas de suciedad y experiencia.
Matrimonios que se conocieron quizás en Max
Kansas City, en algún lujoso penthouse o tal vez en un cine de mala muerte,
hoy parecen fuera de lugar en las calles, saturadas de leds comerciales, sirenas y muchedumbres ajetreadas. Ejecutivos que
se han quedado en otra época, llevan maletines de cuero marrón, abrigos en
tonos claros, desafiando el omnipresente negro o azul marino, y tal vez un
sombrero, que siguen usando agendas en papel e incluso tienen contestadores
automáticos cuyas casettes han sido regrabadas una y otra vez hasta que los
mensajes resultan casi inaudibles y el ruido de fondo se lo come todo.
Si este sitio tuviera algún
afuera serían outsiders. Pero ellos
están más adentro que nadie, habitan en lo turbio, en la zona inferior del gran
depósito, donde las antiguas influencias reposan y de la cual la modernidad
actual bebe y toma nutrientes de un modo inconfeso. Se esconden en los viejos
apartamentos de ladrillo con suelos de madera gastados y donde suena la
reconfortante música del vapor bufando en los radiadores. Es esa la casa donde
los fantasmas se refugian, desahuciados de los nuevos edificios y apartamentos
reformados de los que las capas de memoria de pasados inquilinos se ha
arrancado para siempre. Memorias que han terminado tal vez en el mismo sitio
que todas esas hojas de información bancaria y datos personales, hechas
pedacitos por los camiones de triturado profesional de papel que se emplean
para evitar el robo de identidad. Un lugar turbulento porque es el reducto de
lo que no tiene ya razón de ser y ha sido deshecho, como la arena de las playas
que Sandy horadara sin contemplaciones, hasta que ha perdido toda identidad que
pudiera alguna vez ser robada. Un fondo común, no visible pero sin el cual todo
este tinglado se desmoronaría provocando un cataclismo sin precedentes. Un lugar
turbio porque es donde lo perdemos todo y ganamos la densidad adecuada para ser
por primera vez opacos y, como todo fundamento, dejamos de aspirar a la
claridad perfecta.
-David García Casado