It’s lonely here, there’s no one left to torture. L. Cohen.
Veo el futuro en el pasado, como si hubiera dado un giro de 180 grados. Leo la historia de la península ibérica que se quedó sola porque no tenía a nadie a quien torturar. A fuerza de limpiar identidades no dejaron ninguna en pie.
Los españoles del futuro, en el intersticio de las identidades, desarraigados o arraigados al común histórico de una identidad hecha costumbre. Costumbres de otros que se han convertido en único hogar.
En la esquizofrenia habitual se explica la imposibilidad de encontrar un cuerpo, una figura que amar en el espejo doble del futuro.
Recuerdo las siluetas de la península ibérica, las plantillas de plástico que usábamos para trazar el contorno geográfico de la península y dentro de él sus provincias, regiones, ríos y montañas. Tal vez sea éste uno de los recuerdos más vívidos de lo que estudiáramos en la escuela. Repetíamos tantas veces el contorno que éramos capaces de dibujarlo de memoria, con sus cabos y golfos, desde las rías gallegas o el cabo Matxitxako hasta el golfo de Cádiz. Desde la misteriosa orografía del Delta del Ebro a la desembocadura nasal del Duero. Es nuestra cultura del contorno, del límite. Es importante definir cual es el límite porque de otro modo nos desvaneceríamos…; y a menudo nuestra identidad es evanescente.
Tiene que haber algo entre el tufo de la España castiza y la postmodernidad vendida a imágenes que no le corresponden. Hemos de trazar el contorno variable de una generación actualizada, e instalada en un presente global que aprovecha el conocimiento histórico heredado, aquel que integra y no segrega más, pues no hay pureza alguna en el futuro, como no la hubo jamás en el pasado.
--