Actualidad y evasión

jueves, 20 de septiembre de 2012

Hacia la pintura por la palabra (1)



Después de ordenar los lienzos, botes y frascos del estudio me huelo los dedos, impregnados ligeramente de aceite de linaza, y diversas imágenes se agolpan en la memoria como bestias blandas, casi transformando mi realidad circundante, decididamente alterándola o tal vez simplemente volatilizándola. Imágenes de otros lugares, cuartos para pintar, desangelados espacios que fui llenando de objetos de naturaleza mortecina a los que la pintura habría de insuflarles algún tipo de vida o de la presencia que, por el paso del tiempo o la falta de uso, habían perdido.
Pesando en ello, mis sentidos se saturan de una nostalgia fetichista del color, el pigmento, la mezcla con el aceite y las dosificaciones de barniz y trementina, el polvo de cal y los botes de pinceles, auténticos supervivientes de mil roces y lavados químicos; raquíticos palitroques con sus lacas desconchadas, más bellos que nunca. Por no hablar de los trapos, las suavísimas telas de algodón, harapos de gastadas camisetas o sábanas viejas, empapados de productos y colores en combinaciones insólitas que eran una especie de breviario, un índice de los colores y de la acción que tenía lugar en el cuadro. El cuadro, un objeto que se me muestra desplazado en el recuerdo por todos esos rituales y todo ese increíble despliegue, tan rico y tan plástico como la propia obra.
Ahora parecen más vívidos los cuadros que pinté en la experiencia, antes de siquiera tocar el lienzo con el pincel; las horas que pasé con los objetos, el cambio de luz de los días y de las horas, los cafés a medio beber en la mesa y los ceniceros con colillas de cigarrillos liados a mano de cuando fumaba, los catálogos de pintura en una pila, a veces modelos ellos mismos para un cuadro… Por alguna razón los momentos de acción no están en mi mente: las líneas liberaron a los recuerdos, las veladuras me separaron de mi conciencia. El modo en que nos acercamos y nos separamos del cuadro es una alegoría perfecta de estos modos de aproximación a la conciencia: me acerco para perderme, me alejo para ver.
La lección numero uno de pintura es encontrar la distancia adecuada. Mantenerse en el medio entre dos espacios, el real y el de la representación, aunque no esté siempre claro cuál es cuál. Extendiendo al brazo con el pincel en la mano para tocar el lienzo siempre me he sentido cual tirador de esgrima, buscando el toque perfecto. Siempre he encontrado fascinante la exquisita aproximación vertical de la caligrafía japonesa, o el modo en que algunos pintores como Pollock con la técnica del dripping o Francis Bacon con sus precisos lanzamientos de pintura fueron capaces de ser tan certeros y tan capaces de vencer sobre el cuadro, ese espacio que en ocasiones puede resultar inabordable y acorazado. Las sutiles perforaciones de Lucio Fontana son tal vez el ejemplo más exitoso de esta pequeña guerra con el lienzo. Más allá del componente visual de la obra está todo este combate que tiene lugar en el estudio, un espacio vital del que el cuadro es fragmento, ventana cuya imagen permanece detenida, congelada, como un recuerdo de todo lo que no es ella misma.

David García Casado


Drawing by David García Casado aka. David Loss

miércoles, 18 de julio de 2012

Tiempo sin réplica

The time of no reply is calling me to stay
There`s no hello and no goodbye
To leave there is no way 


Nick Drake. Time of no reply. 


Suena Jazz de músicos que murieron hace mucho tiempo,  seguramente desperdigados en  ciudades diferentes como Chicago, New York, New Orleans…, a pesar de haber sido banda algún día y haber creado juntos esta sutil pasta de tiempo.

Ahora, en este lugar  y esta ciudad conecto con ellos y con su fuga. Quiero responderles de alguna manera, devolver algo de la energía que me invade; pero este es un tiempo sin réplica. La comunicación está machacada en el molinillo salvaje de la historia y pulverizada en partículas que ahora respiro.

Siento que comprendo mejor el destino trágico de Nick Drake, un tiempo al que él no pertenecía pero aun así le pedía quedarse: ¡quédate! Esa es la condena de este tiempo sin réplica, que nos conmina a quedarnos para ver como lo que más amamos en el mundo va desapareciendo.

domingo, 22 de abril de 2012

Eremitas de cuarto

david loss


Speeding motorcycle, won't you change me? / In a world of funny changes / Speeding motorcycle, won't you change me?
La voz de Daniel Johnston suena en el cuarto acompañada de una básica melodía propia de un jingle televisivo o de una serie de dibujos animados, la banda sonora de las aventuras del fantasma Casper, por ejemplo, que es el alter ego de Daniel. Hay algo tan dulce en la canción, Speeding motorcycle, pero también tan psicodélico, algo que se agarra al placer de la suavidad sintética, onanista, de la manta del cuarto que nos protege de un mundo frío, adulto y sin música.
En el cuarto están los juguetes, las imágenes, los instrumentos que nos permiten recrear la banda sonora de nuestros sueños más salvajes, que a veces son también los más inocentes, y pretender que nos comunicamos con nuestros ídolos musicales, aprendiendo los acordes y haciendo melodías sobre sus canciones. Crecimos con los ritmos infinitos de los casiotones y las guitarras que nos regalaron en la primera comunión, creíamos que seríamos capaces de vivir en la burbuja outsider de nuestros juegos mentales, de nuestros pequeños placeres, carentes de la agresividad reivindicativa de nuestros antepasados, inexplicables y tal vez inútiles como forma de protesta, pero protestas al fin y al cabo contra la aburrida asimilación de lo real. Para nosotros lo real era abrupto, intragable, como unas lentejas frías y sobre todo carente de imaginación. Los cantautores eran, son, ridículos narradores de un mundo al que nunca pertenecimos, los problemas eran sencillamente una forma de angustia repetida como amenaza permanente de nuestro mundo, de la adorable fragilidad de nuestra conciencia.
Las canciones para nosotros no estaban hechas de palabras con sentido sino de frases que expresaban la fugacidad imperativa de nuestras necesidades “¿Qué puedo hacer?”, “Viaja por países pequeños”, “pon tu mente al sol”, “córtate el pelo”… soluciones que no lo son, porque adorábamos las preguntas y desconfiábamos de las soluciones; nos daban vergüenza ajena. La sabiduría de viejo no era aún para nosotros, la tuvimos que reconocer a fuerza de realidad.
Todavía somos eremitas de cuarto, inadaptados sociales salidos de una película de Harmony Korine, adoradores de las historias que hurgan en lo más sórdido, en lo siniestro freudiano, en las palabras más dulces pero que pueden llegar a asustar. Queremos vivir en el instante más salvaje, aquel que no nos obliga a ser, queremos ser cabezas borradoras. Devotos de lo fi y la insondable extensión de las partículas magnéticas. Felices cuando llueve porque el paisaje desde nuestro cuarto se convierte en más bello, más distante, realidad saturada, ruido blanco en el cristal de la ventana.
'Cause we don't need reason and we don't need logic
We've got feeling and we're dang proud of it
Speeding motorcycle…

miércoles, 1 de febrero de 2012

EL FUTURO

It’s lonely here, there’s no one left to torture. L. Cohen.

Veo el futuro en el pasado, como si hubiera dado un giro de 180 grados. Leo la historia de la península ibérica que se quedó sola porque no tenía a nadie a quien torturar. A fuerza de limpiar identidades no dejaron ninguna en pie.

Los españoles del futuro, en el intersticio de las identidades, desarraigados o arraigados al común histórico de una identidad hecha costumbre. Costumbres de otros que se han convertido en único hogar.

En la esquizofrenia habitual se explica la imposibilidad de encontrar un cuerpo, una figura que amar en el espejo doble del futuro.

Recuerdo las siluetas de la península ibérica, las plantillas de plástico que usábamos para trazar el contorno geográfico de la península y dentro de él sus provincias, regiones, ríos y montañas. Tal vez sea éste uno de los recuerdos más vívidos de lo que estudiáramos en la escuela. Repetíamos tantas veces el contorno que éramos capaces de dibujarlo de memoria, con sus cabos y golfos, desde las rías gallegas o el cabo Matxitxako hasta el golfo de Cádiz. Desde la misteriosa orografía del Delta del Ebro a la desembocadura nasal del Duero. Es nuestra cultura del contorno, del límite. Es importante definir cual es el límite porque de otro modo nos desvaneceríamos…; y a menudo nuestra identidad es evanescente.

Tiene que haber algo entre el tufo de la España castiza y la postmodernidad vendida a imágenes que no le corresponden. Hemos de trazar el contorno variable de una generación actualizada, e instalada en un presente global que aprovecha el conocimiento histórico heredado, aquel que integra y no segrega más, pues no hay pureza alguna en el futuro, como no la hubo jamás en el pasado. 


--